martes, 15 de mayo de 2012

Fragmento de Paris no se acaba nunca





“Piensen cuáles pueden ser las razones básicas para la desesperación. Cada uno de ustedes tendrá las suyas. Les propongo las mías: la volubilidad del amor, la fragilidad de nuestro cuerpo, la abrumadora mezquindad que domina la vida social, la trágica soledad en la que en el fondo vivimos todos, los reveses de la amistad, la monotonía e insensibilidad que trae aparejada la costumbre de vivir.”

“Desde aquel día, Van Morrison es un cantante importante para mí, pues descubrí que debía perder ciertos complejos y no considerar la música rock ajena a lo que yo podía escribir. Fue también el día en que me di cuenta de que no debía dejarme intimidar por algunos escritores españoles de mi generación que decían estar sólo interesados por la música clásica y que, por ejemplo, se habían compadecido de mí el día en que se me ocurrió citarles a los Rolling Stones. Fue el día en que me di cuenta que no sólo no debía descartar nunca nada a la hora de crear, sino que no dejarme influir por la mirada compasiva de aquellos pedantes de mi país atrasado, escritores altivos y anclados en una literatura de cartón piedra. Fue el día en que descubrí que a la hora de escribir no debía descartar nada, pues como decía Walter Benjamin, el cronista que narra acontecimientos sin distinguir entre pequeños y grandes de guía, al hacerlo, por esta verdad: de todo lo ocurrido nada debe ser considerado perdido para la historia. Fue el día en que descubrí que había en el extranjero escritores y cineastas de una generación anterior a la mía- como Wnders y Handke- que dialogaban sin complejos sobre el rock and roll, sobre la felicidad extraña que puede dar de golpe una canción de Van Morrison. Seguí viviendo en la desesperación, pero con  momentos de felicidad extraña que de vez en cuando me llegaba – me sigue llegando- del rock and roll.” 

lunes, 14 de mayo de 2012

¿Qué hacer cuando un libro se moja?


¿Qué hacer cuando un libro se moja?

Para salvar un libro o papeles que se hayan mojado existe un truco especial. Primero hay que escurrir bien el exceso de agua de las hojas. Luego se coloca en una bolsa de plástico, que no esté sellada al vacío y se guarda en el congelador. Si es un libro debe colocarse de pie. Se debe dejar unas dos semanas.

Otra opción es tomar el libro. Secar bien las páginas con un paño o tela. Luego, se coloca sobre cada página un papel absorbente y se procede a planchar a una temperatura suave sobre el papel seco, moviendo suavemente la plancha de lado a lado. Si el papel se frunce al mover la plancha, entonces se debe presionar simplemente el papel.

QUE NO HACER

·      Colocar el libro dentro del microondas
·      Intentar pasar las páginas rápidamente mientras está mojado
·      Intentar secarlo con calor intenso de secadores de pelo u otros artefactos

Cuidado de los Libros


Tal vez es algo que en lo que uno no piensa muy a menudo. Tal vez jamás lo haya pensado. Pero los libros, están vivos. Tan vivos si no les damos el cuidado adecuado se enferman y mueren. Lo más grave del caso es que un libro enfermo puede infectar a otros libros, incluso puede perjudicar a quienes los manipulan. Conozco a más de una persona que estuvo internada con condiciones serias de piel y hasta pulmones por los hongos transmitidos al manipular libros contaminados.

Si tienes una biblioteca debes estar pendiente de darle el cuidado necesario.

1.     Controlar la humedad. Si vives en un área muy húmeda es importante mantener la humedad a nivel bajo. El uso de un deshumidificador eléctrico es la manera más eficiente de controlar este problema. También venden cajas especiales que absorben humedad y que se ponen en las esquilas de los cuartos y lugares encerrados a fin de controlar la humedad. Así mismo la sequedad excesiva del ambiente reseca los libros, cosa que también contribuye a su deterioro.

2.     Ventilación: ¿Alguna vez has entrado a una biblioteca que permanece cerrada constantemente? El olor se hace a veces insoportable, aunque algunos asociemos ese olor con lugares de intelecto. En realidad estamos presenciando un signo de deterioro en los libros. La falta de ventilación y corrientes de aire ahoga los libros y promueve la proliferación de hongos y otras enfermedades del papel.

3.    Limpieza: El polvo es un enemigo acérrimo de los libros. Además de hongos, ácaros, materias grasas y químicas que son fatales para los libros. Es importante limpiar el polvo periódicamente, pues una vez que se instala en un libro es muy difícil de remover, sobre todo en las páginas en las que incluso es complejo detectarlo. Si limpiamos la superficie del periódicamente así como los estantes de la biblioteca, podemos evitar este problema.

4.    Colocación: En las estanterías los libros deben estar de pie en plano. Jamás inclinados pues esto causa deformaciones y deterioro tanto de las páginas como del lomo, la portada y la contraportada. 

lunes, 7 de mayo de 2012

¿Qué clase de lector eres?


El Chico que Lee. La Chica que Lee. Definámoslos de una vez por todas. ¿Cómo son?  Él tiene pelo de jugador de futbolista argentino, medio largo, seguro usa lentes y carga un bolso que se cuelga como si fuera una banda presidencial. Lleno de libros por supuesto. Es profesor de literatura o todo lo contrario, es un físico, un matemático puro, pero es profesor.   Da clases porque es muy callado, valga la ironía. El chico que lee está lleno de contradicciones. Es un poeta atormentado. Es tímido con los desconocidos, pero no tolera bien la bebida.

Ella tiene lentes. Es amante de los animales. Estudió letras o arte. Pinta como los dioses. Sabe hacer Origami como si se llamase Makoto. No se pinta las uñas, ni usa aparatos de esos para alargar las pestañas. No usa tacones y le encantan las bragas. No es marimacha, porque hay algo que de ella que es pura feminidad. Tiene un carácter fortísimo. Es intensa.

Chico y chica que leen tienen libros por toda la casa. Claro que chico los tiene desordenados, una pila en la mesa de noche, una pila en el suelo al lado de la cama, una pila al lado del sofá, una pila en el baño, cinco o seis tirados en el carro. Chica los tiene todos organizados por orden género, tema, autor y color del lomo.

Esta hermosa pareja, juntos o por separado tienen una lista de autores aprobados. Necesarios. Una lista que en realidad, más allá de su apariencia personal y su orientación en cuanto a la moda fue lo que les permitió acceder al elitesco grupo de “los que leen.” 

Nabokov. Dostoievski. Borges. Cortázar. Homero: Ilíada y Odisea. Ovidio. Cervantes. Bioy Casares. Shakespeare. Sontag. Bradbury. Hardy. Orwell. Freud. Montaigne. Poe. Vargas Llosa.  Mann. Nietzsche. Lorca. Oscar Wild. Sábato. García Márquez. Hemingway. Murakami. Dumas. Kafka. Aristóteles. Kundera. Hesse. Ribeyro. Pérez-Reverte. Mendoza. Bolaño. Perec. Pérez-Galdós. Unamuno. Tolstoi. Flauvert. Maupassant. Chejov. Bryce-Echenique. Cela. Vila-Matas. Paz. Wolf. Eco. Apollinaire. Rimbaud. Beaudelaire. Balzac. Sartre. Camus. Capote. Keruac. Tagore. Bocaccio. Ortega y Gasset. Benedetti. San Agustín…y sigue. La lista sigue. Pero que quede claro. Es una lista cerrada. Hay autores prohibidos, géneros desterrados. El Tártaro de la literatura, a la que sólo acceden los ignorantes. Los “que no leen.”

Entonces ¿es así?

¿No puede haber un chico que lee que sea rumbero, playero y fiestero? ¿Ni un gordito que se caiga a Oreos mientras va pasando las páginas, dejando la cama llena de migas negras? ¿Tampoco puede haber una lectora que viaja de tapa a contratapa mientras espera en la cola del colegio de los chamos, o que lee después de cuarenta y cinco minutos de trote, ducha y cambio de ropa?

No. No hay ratón de biblioteca buen mozo, ni Miss con capacidad de analizar ideas profundas. Eso no lo trae el formulario.

Mucho menos están admitidos los que no han leído a los autores correspondientes.

Entonces, estoy en el limbo literario. No tengo permiso de acceder al cielo. No me puedo llamar lectora. Sucede que de la lista hay muchos que todavía me faltan, varios que no sé si llegaré a leer. Por falta de tiempo, tal vez, incluso por rebeldía. Porque no me enseñaron a que la lectura era algo tan serio, tan grave.

Aprendí que leer era un viaje. Una aventura. Una puerta a los sueños. Un vehículo para viajar mucho más lejos de lo que cualquier medio de transporte jamás nos podría permitir. Una ventana a la reflexión. Un método para conocerme, para conocer el mundo, para conocer a otras personas.

Sí. Existe el ego. Ciertamente de vez en cuando sirve también como amuleto para creerse inteligente. Sin embargo, ya lo he dicho antes, todo delirio de grandeza termina en infinita pequeñez. Basta que uno encarame bloque sobre bloque y trate de usar eso como palestra para que todo caiga al suelo con estrépito.

Yo no tengo lista. Sinceramente. Como dice Elefante “las reglas suelen ser tu peor enemigo, el más aburrido y cruel y disfraz. Un salto al vacío. El veneno más letal.” Leo lo que me provoca, un día es infantil mañana es un clásico, y aunque el camino que he recorrido página a página me ha llevado a odiar a algunos autores y a desterrar uno que otro género, incluso a vituperar en su contra (sí Coelho es contigo, cero uno en esa boleta, ¿qué quieres que te diga?) tampoco se puede llegar al fundamentalismo literario.

Creo que todos tenemos nuestros libros. Autores que nos mueven el piso, que nos parecen unos genios, que nos hacen sentir comprendidos y otros a los que les damos quince páginas porque “el saludo no se le quita a nadie.” ¿Quieres leer Crepúsculo? ¿Te emociona? Está bien. Sinceramente creo que como todo en la vida tarde o temprano uno aprende y deja atrás ciertas cosas. Es lo que se llama evolución.

O como dice mi papá con respecto al vino, no se puede apreciar un Chateaux Margaux si no se sabe disfrutar de un Beaujolais Nouveau. Todo tiene su momento. Y lo sencillo es necesario para llegar profundo. Para llegar al Quijote tuviste que pasar a juro por Ma-Me-Mi-Mo-Mu  y después de eso Caperucita.

En fin. Lectores hay como los sabores de helado. Amargo como el de limón. Sabroso como el de coco. Empalagoso como el de chocolate. Suave como el de mantecado. Rosado como el de fresa. Exótico como el de parchita. Extraño como el de aguacate. Light como el sorbete. Completo como la copa gigante con bolas de todos los sabores. Difícil de conseguir como el de Nutella, Nutella de verdad. Modesto como el artesanal y hecho en casa. Distinguido y respingado como el italiano.

Decir que lector es uno sólo es poner límites que la misma lectura nos enseña a desafiar usando la imaginación. 

martes, 20 de marzo de 2012

Niños en un museo: Una pérdida de tiempo


Llevar a los niños a un museo es una mala idea. Más de una vez se ha visto a un par de adultos con sus retoño a cuestas, con el coche, la pañalera, la lonchera y una bolsa de juguetes. Intentando mantener a un niño entretenido mientras ellos tratan de absorber algo de cultura y ver obras de arte, o hasta escuchar la detallada explicación de un guía que le da sentido a todo lo que tienen por delante.

Entonces uno que los ve se molesta, los ve con cara odio, de “aquí no deberías estar” como quien ve un perro en una iglesia, y se lamenta de que haya gente inconsciente que no es capaz de entender que los museos, que el arte, no es para niños. Para ellos hay otras actividades. El arte es serio. Es para adultos.

Afortunadamente a mí no me criaron de esa forma. Siempre me llevaron a museos. Desde que tengo uso de razón. Tanto así que realmente no puedo recordar cuál fue mi primera vez.

Ir a museos con mi papá era algo natural. Además de algo divertido. Claro que uno cuando es pequeño siempre tiene otros intereses. Jugar es jugar. Pero ir a museos con mi papá era algo que compartíamos, que hacíamos juntos, significaba que íbamos a estar un rato paseando, a veces solos, otras también con mi mamá y que además iba a escuchar historias fabulosas, de animales, de castillos, de princesas, de cuanto personaje pudiera imaginar. Todo dependía de qué había colgado en la pared, o que estaba exhibido en el museo.

Amo la cultura, porque nunca me la pusieron en un pedestal inalcanzable. Pero sobre todo, jamás la vi como algo aburrido, porque mis padres no me lo hicieron aburrido. Nunca me llevaron al tour donde la explicación efectivamente era demasiado larga y abstracta para mí. Siempre se adaptaron a mi edad, y buscaron la forma de que yo encontrase entretenido lo que estaba viendo.

Recuerdo que luego a los quince años me mandaron en un tour de quinceañeras y para mí fue muy emocionante ir sola a los museos. Poco a poco ir descubriendo el arte de una forma un poco más adulta. Reconociendo cosas que habíamos visto, y que habíamos estudiado juntos, historias que me habían contado. No se hizo para nada aburrido, ni maldecí la visita al museo por estar pendiente de escuchar música. Mis papá se encargaron de acercarme la cultura, al igual que lo hicieron un par de maestros a quien les estaré agradecida toda la vida.

Conozco muchos adultos que se aburren más que los niños en museos. Que les da flojera leer. Que aborrecen un concierto clásico. Y efectivamente son las típicas personas que te dicen que “llevar un niño a un museo es una pérdida de tiempo.” No los juzgo. Si no lo has vivido no lo entiendes, pero quisiera pedirles que se den la oportunidad para compartir con sus hijos.

Buscar una exposición local y llevar al niño, por pequeño que sea y contarle una historia sobre el cuadro, fotografía o estatua. Ponerle un concierto en la tele y decirle con emoción “¡Mira! ¡Eso es un violín!” Seguramente el niño no escuchará el concierto completo ni dirá algo como “Si, la verdad es que Mahler hay que escucharlo en el teatro donde se aprecia mejor la acústica.” Eso no es disfrutar y saber de arte. El niño va a mirar atento, va a tratar de entender la reacción del padre y sólo por el hecho de verle entusiasmado y de darse cuenta de que le están incluyendo en una actividad se va a emocionar. La próxima vez que vea un concierto en la tele intentará buscar el violín y será el momento para decirle “¡Mira, ese gigante es el trombón!” Hasta se le puede contar una historia, de cómo el violín y el trombón se volvieron amigos, y juntos hacen música. Se puede hablar de la familia de la orquesta, del papá director, de los hijos gordos como el contrabajo y de la niña consentida de la familia que es el harpa.

Cada vez son más los estudios que comprueban la efectividad del arte y la cultura en la educación. Hay mil formas de acercar a los niños a la cultura. Y un niño que se acerca a la cultura, que lee con sus padres, que los acompaña a lugares como museos y exposiciones se convierte en un hijo de su tiempo. Desarrolla sensibilidad y es más fácil educarlo en valores. Al final del día, el arte transmite esa esencia de lo que es el ser humano, algo que es tan etéreo y casi imposible de comunicar con palabras.

Sobre todo compartir el arte es algo que nos ayuda a crear recuerdos, a compartir, incluso da pie para hablar de temas difíciles como el sexo en la adolescencia, la violencia, y hasta sentimientos como la rabia y la soledad.

Así que compartir arte con los hijos no es perder el tiempo. Lo certifico, la mía tiene dos y medio. Hace unos meses fuimos una exposición que había en el taller de Roberto Mata con fotografías de animales, y gozó mientras iba identificando jirafas y elefantes. Yo disfrutaba de las fotos y compartía con ella.

Poco a poco convertiremos esos paseos en nuestro ritual. Y cuando ella necesite un refugio, para mí va a ser mucho más fácil ofrecérselo. No hay que olvidar que el amor por el arte, como cualquier amor no tiene horario, ni fecha en el calendario.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Recomendamos: Sapo Enamorado de Max Velthuijs


Lo mencionamos en lo que no puede faltar en la biblioteca de un niño. Sin embargo decidimos hacerle su propio post de recomendación.

Sapo no sabe qué le pasa. Tiene el corazón acelerado. Le late tun-tun. Va preguntando a sus amigos, intentando buscar una respuesta, hasta que le dicen “sapo, estás enamorado.” Entonces se da cuenta que se siente así porque ama. Ama de verdad. Con nervios. Con emoción. Pero sobretodo sin miedo y con muchas ganas de entregarse.

Es entonces cuando Velthuijs nos hace testigos de una de las declaraciones de amor más bellas de la literatura. Aquella en la que Sapo le dice a Pata que la ama. Él un sapo verde, sin siquiera pararse a pensar un momento en las diferencias de color, de especie, de intereses y habilidades que los separan recurre a las estrategias de cualquier enamorado para conquistar al objeto de su afecto.

Max Velthuijs logra captar las ideas más profundas de la forma más sencilla. Nos da lecciones, que no son necesariamente lecciones a modo de ente moralizador, sino más bien como algo que llega a eso que nos hace humanos, que nos moviliza como personas. Velthijs se plantea las preguntas más importantes del ser humano. ¿Cómo sé que amo? ¿Qué hago al saber que amo?

Siempre hemos dicho que la serie sapo es filosofía. No hay lugar a dudas. Esta vez con uno de los dilemas más grandes sobre las que nos sostenemos, tanto niños como adultos, porque si algo no podemos olvidar es que los niños también saben, pero sobre todo quieren amar. Pero la clave aquí como padres, como maestros, como promotores de lectura es recordar que los niños aprenden a amar.

El amor se aprende. Se aprende limitado o se aprende como nos lo enseña Sapo, “el amor no tiene fronteras.”

En Venezuela se consigue gracias a ediciones Ekaré. No es muy costoso y como todos sus libros está muy bien elaborado.