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martes, 19 de junio de 2012

¿Qué vas a leer este verano?



Puede ser que uno se vaya de vacaciones o sea uno de los rezagados que se queda en la ciudad mientras los demás montan en Facebook sus fotos de playa. A lo mejor te tocó quedarte (ya me ha pasado dos veces) esperando la llegada de un nuevo bebé, o porque sencillamente el cochinito ya no daba para más entre el viaje que quiere hacer en diciembre, las cuotas del carro y el plan sorpresa que te salió en Semana Santa. 

Si decides irte o quedarte, o si no tienes más remedio que seguir la corriente, sea cómo sea, el verano siempre ha sido un buen momento de lectura. Entre otras cosas porque es cuando Hollywood decide sacar las películas más taquilleras y aunque a uno a veces le provoque ver una película de un robot que salva al mundo de los planes malignos salidos de los circuitos de otro robot que fue un niño no amado por sus padres, la verdad es que estos meses nos dejan con mucho tiempo entre manos. 

Así que en tu casa solitaria, en la sala de espera del doctor o del aeropuerto, no hay nada mejor que hacerse una buena lista de libros para el verano y regresar en septiembre con ganas de recomendar y seguir leyendo. 

Aquí hacemos una propuesta. Que además es útil para los adolescentes, quizás uno de los grupos más ociosos durante el verano. La lista es suficientemente corta como para no perderse, pero extensa como para que sea casi imposible leerlos todos. Pero las listas ayudan. 

ENSAYO

La civilización del Espectáculo de Mario Vargas Llosa 
¿Por qué leer a los clásicos? De Italo Calvino 
La Historia Comienza, de Amos Oz

CUENTO 

Casa Tomada y otros cuentos de Julio Cortázar (serie roja Alfaguara) 
El Elefante Desaparece de Haruki Murakami 
Relatos Escalofriantes de Roald Dahl 
Voces Griegas, Beatrice Macini

NOVELA

El Guardián Entre el Centeno de J.D Salinger 
El Diario de Anna Frank 
El Imperio eres Tú de Javier Moro
Farenheit 451, de Ray Bradbury 
Nueve Cuentos, de J.D. Salinger
Reckless, de Cornelia Funke 
El Hereje, de Miguel Delibes 
El Túnel, de Ernesto Sábato 
La Letra Escarlata, de Nathaniel Hawthorne 
La Granja Animal, de George Orwell 
La Novela del Ajedrez de Stephan Sweig


CRÓNICA 

Antología de crónica latinoamericana actual, Darío Jaramillo Agudelo, ed. 
El Mundo Según Cabrujas

lunes, 21 de noviembre de 2011

De Librerias y Libreros


Cuando tenía trece años mi mamá me obligó a trabajar en una librería. Me pagaban un sueldo interesante para la edad que tenía. Eventualmente el verano terminó y cuando vine a ver no había ahorrado un centavo. Todo me lo gasté en chucherías y en libros.

Me fascinaba sacar las cuentas de los clientes y llenarles las bolsas. Ni hablar de lo que me gustaba hacer mis recomendaciones o recibir los consejos de algún cliente que jugaba al viejo profesor con aquella niña un poco gordita y extraña.

Ese fue el verano de una de esas relaciones adolescentes que empiezan en pura ilusión, se llenan de magia y terminan con las cachetadas que te da la realidad para intentar hacer de uno un adulto incrédulo. Si algo me ha protegió de lo que viví ese verano fue la lectura. Ya allí sin saberlo me estaba enfermando de forma incurable con esto que tengo ahora. Enfermedad de libros. En mi vida ha habido una sola constante y es el amor por los libros. Lo demás, salvo ciertos afectos, siempre ha terminado por ser pasajero.

Y si uno ama a los libros. Si uno siente por ellos algo que es casi religioso, entonces no exagera al decir que las librerías son como templos. Como iglesias. Y que el librero es el cura. Uno de mis grandes amigos hoy en día es un librero. Nos conocimos y entablamos amistad por culpa de un libro.

¿Cómo no íbamos a entablar amistad? No hay gente que entienda más la enfermedad de libros que el librero. Además entiende que el lector busca mucho más que letras, oraciones y párrafos. El libero es psicólogo, psiquiatra, policía y bombero. Te escucha. Te diagnostica. Te medica, “¿es un despecho lo que usted tiene? Entonces tiene que buscar este autor y este otro.”

El librero es policía, porque le toca asegurarse que uno no rompa ciertas leyes, que no haga cosas impensables, ni toque los estantes prohibidos, como el de la autoayuda, la prosa vacía o aquellos libros que escribió ese autor que no tenía nada que decir, sino que simplemente quería decir algo. El librero al final del día es bombero. Pero es un bombero que felizmente quedará frustrado, al no poder apagar el fuego que consume al lector. Al contrario, ve su trabajo realizado cuando lo ve quemarse. Como se quema un vampiro con la luz del sol.

En carne viva. Así debe salir uno de una librería. En ese estado de sensibilidad, con ganas comerse el libro, comerse el mundo, sangrar, recibir transfusiones, convertirse en animal doméstico, animal salvaje y criatura fantástica.

La experiencia de una librería no puede ser nada más entrar. Pagar. Salir. De ser así uno está solo en un local que vende libros y eso no es suficiente para leer. Por eso a una ciudad hay que decirle, dime cómo son tus librerías y te diré qué eres. Te diré de dónde vienes. Te diré a dónde vas.