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miércoles, 4 de julio de 2012

El imperio eres tú. De: Javier Moro


El reloj da las once y yo suelo acostarme antes de las nueve. Soy como una gallina. Pero tengo este libro de Javier Moro en las manos, y sencillamente no puedo soltarlo. Estoy en él. En las descripciones del calor de Brasil, en la angustia del emperador por mantener intactos la vida de su corazón y el destino al fue llamado a servir. La lucha del hombre contra el servidor público. La lucha de los sentimientos de pasión contra los del deber. Pedro I de Brasil es una veleta, y uno como lector también. Uno lo ama y lo odia. Lo entiende. Le desea el triunfo y reza porque vea la luz. 

Quizás de las cosas que más nos pegan son los momentos en que las actitudes de los hombres que hacen Patria se parecen tanto a las que vemos hoy en día. Ya no se viaja en barcos, ni hay esclavos, al menos no pareciera, pero la ironía, la hipocresía, el materialismo, el ventajoso, la sed de poder, la ceguera crónica, la negación, la ignorancia, el pensamiento de los pusilánimes que creen que salvaguardando su bienestar económico van a mantener un status quo de privilegios que no se romperá jamás. El delicado equilibrio de los gobernantes que hacen cosas impopulares porque creen y están seguros de un bien ulterior, porque tienen una visión de país, hasta de mundo. Pero que pierden batallas al pagar caro errores que más tienen que ver con mercadeo de imagen que con ideología. Todo suena tan actual, tan real, que a veces uno se pregunta si Javier Moro no está copiando esto de las primeras planas de nuestros periódicos, en vez de haber hecho una extensa investigación sobre historia latinoamericana y europea. 

Moro nos recuerda que la historia es, eso, historia. Es fascinante. Ambigua. Está llena de reveses y de misterios. Disfruté en esta novela como pocas, y además aprendí. Recordé que no hace falta irse por los lares de lo trivial para pasarla bien en un libro, que lo profundo también tiene su toque de placer. 

Bien escrita. Con un lenguaje rico, con descripciones vívidas y precisas, así debe ser un buen libro. Sin separarse demasiado del lector, sin forzarlo innecesariamente. Uno mismo puede sacar sus propias conclusiones, porque al final Moro tampoco es que decide por nosotros. Amar a Pedro u odiarlo. Culparlo por sus fracasos o entender que tal vez se adelantó a su tiempo, que hubo cosas que no pudo superar. Ya eso es cosa del lector. Como tiene que ser. 

Ender la historia de nuestros pueblos. Pensar sobre ella. Es el primer paso para poder vislumbrar las naciones que queremos construir. No podemos plantearnos qué país queremos ser hasta no tener al menos una idea, de quiénes somos y de dónde venimos. Pedro I salvó a Brasil de aquello que las cabezas calientes del resto de Latinoamérica no se salvaron, los caudillos. Además fue un ejemplo para los políticos de hoy en día, pues peleó sus batallas en el campo con los demás, sin reparos sobre las ventajas que da una jerarquía política, incluso cuando esta se hereda, o hasta se impone con la autoridad de las armas. 

No es el más fuerte el que pisa más duro, sino el que ve más lejos y arriesga más. Y una última cosa, a lo  largo de la historia nos demuestra algo que nos llega al corazón, y es que la desgracia de los pueblos está en la ignorancia, el fanatismo, y en la falta de instrucción. Sobre todo cuando no se lee. Los líderes ignorantes, que no leen sobre su campo y aprenden la historia de los pueblos, tanto los suyos como los extranjeros, son armas letales. 

martes, 3 de julio de 2012

Lectura en Vacaciones


Se acerca el fin de las clases. Los niños ansían las vacaciones, sueñan con cambiar de rutina y no aguantan las ganas de escuchar por última vez en el año escolar el timbre de salida. Las tareas son complicadas y en cierta forma los padres también están esperando un momento de descanso. Durante las vacaciones descansamos todos. Pero también es cierto que  muchos padres se preocupan. Sobretodo en esta época en la que hay tantas distracciones para los niños, que les consumen horas y que no siempre suman en cuanto a la formación y educación que los padres quieren dar.



Las vacaciones no son un momento ideal para introducir la lectura en casa una actividad familiar, de hábito constante, más allá de aquella que se aplica en el ámbito académico. La tarea no es fácil. Poner a competir un juego de video, o un programa de televisión con los libros, que tienen tanta fama de aburridos, no es sencillo. Pero, con un poco de voluntad se puede lograr.

Aquí algunos consejos para lograrlo:

1.    Déjelo escoger las obras que quiere leer:  Una de las cosas que más frustran a un lector es no tener el control sobre lo que lee. Es cierto, a veces los niños de cierta edad escogen cosas que escapan su nivel de madurez, o los temas que toca un libro que quieren son considerados poco aptos por los padres. La escogencia debe ser una acto de compromiso y conversación entre las partes. Ni el niño debe imponerse, ni los padres tampoco. Hagan una lista. Barajen varios nombres. Y luego tomen una decisión en conjunto.
2.    Compren los libros juntos: Ir a una librería es una aventura. Para el lector es estimulante, para el no lector a veces puede dar hasta angustia. Familiarizar a los jóvenes lecturas con el ambiente de las librerías es importantísimo a la hora de estimular la lectura. Si es posible involucrar a un librero, comprometido con su oficio, mejor. Ellos son grandes animadores a la lectura. El tener contacto con otros lectores es fundamental para estimular esta actividad. Además, la compra siempre anima, a todo el mundo le gusta comprarse algo, sentirse retribuido y sentir que estamos haciendo algo nuevo.
3.    Establecer metas claras pero realistas: “Si te lees el Quijote este verano, te doy un premio”. Puede ser algo ideal, pero los chances de que un joven haga alto como esto son poco realistas. No sólo por la dificultad de la obra, sino por su extensión. Como padres debemos estar conscientes qué tipo de lectores son nuestros hijos, cuáles son sus intereses, su disponibilidad de tiempo y su capacidad. En base a eso sí es importante establecer una meta. Ya sea un libro al mes, un libro durante las vacaciones, depende de cada quien. Pero esa meta hará mucho más fácil estimular la lectura. Lo ideal es estimularlos a que no pasen ni un día sin leer, y lo vayan haciendo paulatinamente a fin de convertirlo en un hábito.
4.    Compaginar la lectura con las demás actividades: Cosas como “sólo si lees diez páginas puedes ver televisión”, son perjudiciales para el estímulo de la lectura. Entonces ellos ven la lectura como una competencia con la televisión y las demás cosas que les gustan y no como algo que puede ser tan o incluso más divertido. Hay que dejarle algo de libertad.
5.    Discutir la lectura en familia y lo que es mejor, leer junto a ellos: La lectura es un acto de creación. Cuando leemos también creamos. Parte de esa creación sale a la vista en las discusiones familiares. Si dejamos al niño sólo con su libro, puede que otros estímulos funcionen, pero lo ideal es hacerle sentir que la lectura lo ayuda a compartir con sus padres. Además, es un buen momento para hablar de temas difíciles de abordar. Si uno puede leerse el mismo libro y al mismo tiempo, entonces mucho mejor. Se puede hacer un mini club de lectura en casa. Un espacio para demostrarle que la lectura es algo que une, que nos ayuda a conocer a nuestros hijos, pero también a que ellos conozcan a sus padres, y cómo piensan. 

jueves, 28 de junio de 2012

Aristóteles


"El pensamiento de Platón se basa en la doctrina de las ideas. Es la búsqueda de un mundo donde los universales eternos, inmortales, se conservan y proyectan su influjo conceptual sobre el mundo de la materia. Aristóteles, en cambio, es un espíritu práctico y desconfía de las ideas platónicas, que, para él, no pasan de ser abstracciones." 

"Para Aristóteles, las ideas son entidades ficticias. Sólo existen los individuos, que son las sustancias que sostienen todos los atributos que predicamos de ellos." 

"Platón y Aristóteles, sin embargo, coinciden en que hay algo que es la esencia de las cosas. Platón lo llama eidos o "ideas". Aristóteles en algunas ocasiones lo llama "forma", en toras "géneros" o "esencia", o en griego, ousía. " 

"Aristóteles no cree en otro mundo ideal, sino que afirma que los conceptos, las llamadas ideas, están realmente en nuestro mundo. Es decir, que existes individuos, cosas, objetos, y a partir de éstos, tratando de encontrar sus semejanzas, nuestra mente es la que busca el concepto y la que lo crea. El concepto no está en otro lugar ideal sino en nuestra capacidad de pensar sobre la diversidad del mundo." 

"Aristóteles define al hombre como un animal racional y político, que son sus dos rasgos fundamentales. Nos distinguimos por la razón, porque somos capaces de pensar y de reflexionar acerca de lo que hacemos y sobre todo de asombrarnos, que junto al preguntarnos "por qué" es el principio de la filosofía. Y luego, somos animales políticos, es decir, tenemos que habitar en una polis con los demás. No hay individuos que puedan vivir solos porque todos tenemos lenguaje, somos simbólicos y, por tanto, un ser que tiene un lenguaje que él no ha inventado, necesita de los otros seres para compartir ese mundo de símbolos con ellos." 

"A Aristóteles le gustaba dar clases por la mañana a sus alumnos más avanzados, paseando por los senderos del lugar. Como en griego paseo o lugar de paseo de dice peripatos, los asistentes a esas clases fueron llamados "peripatéticos".

"Aristóteles aportó una ciencia, un área de conocimiento nuevo, que es la ética. La palabra ética juega con los dos acepciones que tiene en idioma grietó (carácter y costumbre), puesto que ambas se diferencian sólo por un acento. Así, en griego, podemos decir que el carácter, en el sentido del propio talante (êthos) deriva del modo de vida adquirido por el hábito (éthos)."

"Para Aristóteles, la ética es una reflexión sobre la acción humana en búsqueda de la libertad. Y para ello, dice, tenemos que intentar desarrollar las virtud, es decir, los hábitos que nos dan fuerza, que nos ayudan a vivir mejor. No olvidemos que la palabra latina "virtud" viene de vir, que significa virilidad, fuerza, excelencia. de modo que la virtud es lo que nos da fuerza frente a la debilidad, que es el vicio. La virtud es lo que aumenta nuestra fortaleza y por tanto nuestra capacidad de alcanzar la felicidad." 

martes, 26 de junio de 2012

Lectura: Calidad vs Cantidad


En estos días se me acercó un vendedor que insistía en que le diese veinte minutos de mi tiempo para que me explicara sobre su método de lectura rápida. Me prometió leer no sé cuántas mil palabras por minuto. Algo así como un mínimo de cien libros al mes. Una cifra de esas estilo los comerciales de televisión que prometen que con sólo comprar un aparato de abdominales uno va a tener el uniforme de Batman en la playa, sin necesidad de ponerse el traje de neopreno. 

El caso es que me dejó pensando sobre la cantidad. Conozco mucha gene que se jacta de leer un libro a la semana. Que no ha terminado de salir un libro al mercado cuando ya te están preguntando si lo leíste. Entre lectores, o gente que le gusta hacer alarde de la lectura hay competencia en cuanto a la cantidad. 

Y digo gente que le gusta hacer alarde de la lectura, porque muchas veces estos no son lectores. Gente que está compitiendo para decirle al mundo que ha leído cuarenta libros en un mes, o que ya ha leído todo lo que publicó tal editorial como novedades este verano, ciertamente no son lectores. 

Vale más leer un libro en un año y digerirlo, comprenderlo, sacar algún tipo de crecimiento personal de él, que leerse cinco libros en una semana y a la siguiente no poder recordar cuál era el protagonista de ninguno, ni qué hicieron, ni mucho menos haber sacado una conclusión profunda.

La lectura es un acto de creación. En la medida que el lector interioriza lo que lee y piensa sobre ello, está creando. No en vano se dice que parte del trabajo lo hace el escritor, la otra parte el lector. Sin lector no hay libro. Y para ser lector hay que digerir sobre ello. Hay que pensar. Hacerse preguntas. Eso no quiere decir que si uno no recuerda hasta el más mínimo detalle de cada obra que ha leído la debería tachar de su haber literario. Mucho de lo que uno lee queda en el subconsciente, siempre y cuando se reflexione sobre lo leído. 

Si uno es un lector de esos que necesita de vez en cuando releer un par de páginas, si estás leyendo una obra y de pronto sientes que tienes que volver porque no recuerdas, Fulana era la hija de…o en qué año es que estaba pasando tal cosa…no tiene nada malo. Al contrario. Los libros hay que digerirlos, saborearlos. 

Acumular libros, como si uno fuera una especie de lista de Itunes no tiene sentido. Los libros hay que vivirlos. Y si se puede comentarlos. Es mucho mejor. Algo que ayuda mucho es la bitácora de lectura que estamos desarrollando, porque en la medida que uno anota comentarios y frases que le han gustado uno piensa mucho más sobre lo que ha leído. 

En la lectura, la calidad siempre le ganará a la cantidad. Creo que hay pocas cosas en el mundo que no cumplan esa regla. 

miércoles, 20 de junio de 2012

La Civilización del Espectáculo de Mario Vargas Llosa


El libro de hoy (Miércoles 20 de junio de 2012) es la Civilización del Espectáculo de Mario Vargas Llosa. Un libro que esperamos desde hace varios meses, pues plantea un tema importantísimo. La cultura en la sociedad actual. ¿Cuál es su papel? ¿Cómo la interpretamos? ¿Qué importancia tiene? ¿Qué significa para el futuro de nuestra civilización? Y quizás uno de los temas que más le preocupa al autor (y a este grupo de lectores que trabajamos tanto por la cultura) ¿qué se entiende por cultura?

Empiezo por decir que como lectora me pareció que el libro es sumamente interesante. Me parece que luego de la mitad se pierde un poco y se torna algo repetitivo. También me pegó el tono, excesivamente pesimista, a mi modo de ver. Pero, debo decir, que si no me pega el pesimismo, sino que más bien me uno a él, entonces tendría que abandonar mi decisión de vida. Pues en El Perro Naranja estoy dejando todas mis fuerzas por promover la lectura. No creo que la cultura deba ser algo inaccesible, creo que siempre habrán distintos niveles de instrucción, habrán intelectuales, cuya inteligencia y preparación sea más elevada que la del común de las personas, cuyo grado de instrucción sea menor. Eso no quiere decir que la sociedad no pueda tener acceso a lo que llaman alta cultura. Creo que sencillamente hay que darle un por qué.

Uno ve por ejemplo, las colas que se forman afuera de los museos de las grandes capitales de Europa. Y él tiene un punto al decir, que mucho son turistas que están más pendientes de tomarse una foto frente a la Mona Lisa por ejemplo, que de ver el cuadro en sí. Pero lo cierto es que esa visita también contribuye a la sensibilización, y mediante sistemas educativos y de promoción de cultura, que vayan más allá de “vaya y vea la Mona Lisa” y que inviten al lector o espectador a pensar, se produce eso que llaman: culturización. Se invita al acto de pensar.

Vargas Llosa se preocupa por el contenido de los productos culturales, y tiene razón. Si uno ve la lista de Best Selleres, o de películas taquilleras uno se da cuenta, de que pocos productos invitan al receptor a pensar. Son lo que productos light y lamentablemente eso es lo que más vende. Lo que sea más suave de digerir, menos incómodo, menos triste, menos denso, etc… La verdad es que no creo que haya que descalificar por completo el entretenimiento. Después de todo es necesario también para la salud. A veces hace tanta falta ver una serie cómica, como hace falta una cerveza con amigos, como hacen falta unas vacaciones. A veces se hace tan necesario cerrar el libro. Porque lo que hacemos cuando no estamos ensimismados en la cultura, también nutre nuestra vida cultural. Por más extraño que eso suene.

Pero sí es cierto que hoy en día cualquiera se proclama artista y hay muchas galerías llenas de obra sin contenido. Hay mucho gente tratando de vivir una vida loca, con la excusa de es que “yo soy artista”. Creo que hace falta recordar que arte es algo que se hace, no algo que se es. Y ese glamour, ese misterio que hay detrás de la vida del artista, aunado al hecho de que muchos pueden llegar a ganar mucha plata, hace que “ser” artista sea algo que muchos desean. Como si no hiciese falta trabajar para lograr una obra de calidad.

Otro de los temas que toca Vargas Llosa es el de la política. Como los políticos están más preocupados por un tema de imagen  y qué vende esa imagen, que del contenido de sus propuestas. De hecho, hoy en día priva aquello de “calladito te ves más bonito” a la hora de dar un discurso. Los discursos tienen muy poco de concreto y mucho de frases etéreas, como “vamos a vencer” y “sí se puede”. Y la gente pareciera que está siempre buscando un héroe que le resuelva los problemas, y un espejo bien bonito en el que mirarse, como puede ser una pareja idílica como Carla Bruni y Nicolás Sarkozy, si bien este último creo que no es precisamente un político fatuo. El problema es que la gente vota porque es bello, porque sabe hablar, pero pocos se preguntan, cómo piensa, y si yo pienso igual que él.  

Según Vargas Llosa el problema más grande que tiene esta civilización es la educación. Tenemos un grave problema, en primer lugar con los maestros. El poco apoyo que tienen y cómo se ha deteriorado su imagen. Han pasado de ser una figura respetada, que infundía admiración, a ser así como los olvidados de la sociedad, casi unos lastres. “Ahí están los maestros otra vez haciendo huelga.” “Qué fastidio el maestro, que no entiende lo complicada que es la vida”. Ya nadie lleva manzanas a clase, sino más bien una actitud de superioridad porque el maestro gana poco y no va a ser jamás un Bill Gates o Carlos Slim.

Si no hay gente respetada en las aulas, jamás va a haber buen contenido en el cerebro de nuestros niños. Y esto pasa por darles más apoyo y una mejor paga a los maestros. Entiendo que el problema es complicado, y más en el tercer mundo, pero lo cierto es que nada se logra con ahogarse en un vaso de agua y proclamar que los problemas que tenemos son insolubles.

Vargas Llosa también habla de la frivolidad, y de cómo hoy en día las cosas tienen más presencia que sustancia. Como lo importante es lo que se lleva puesto, y no lo que se lleva por dentro. Como las obras que se están haciendo hoy en día no son para perdurar en el tiempo, ni siquiera para expresar una preocupación, sino simplemente para vender. Para verme mejor.

Cosa que pasa además con el sexo. Habla de cómo se ha perdido el erotismo, y de cómo hoy en día el acto carnal esta pasando a ser poco más que una necesidad animal. Está de forma tan obvia en todos lados, que se ha perdido el misterio, el culto al cuerpo. Al propio y al ajeno.

En fin. No pretendo, ni mucho menos recrear, o resumir el libro. La idea es comentar algunas cosas, y sacar una que otra conclusión. Creo que Vargas Llosa abre un debate, pues se plantea que hay banalización de ideas en todos los campos de la vida, desde la religión hasta la vida en pareja. Cómo sin una educación de calidad, sin un respeto y fomento de la alta cultura, nos estamos volviendo seres banales, sin capacidad de formular un pensamiento crítico. Como las dictaduras y gobiernos demagogos se aprovechan de esa situación para hacer de las suyas y asumir cuotas de poder. Como nos dejamos de llevar por el instinto, en vez de dejarnos llevar por la razón.

Yo opino que la cultura no pude estar totalmente divorciada del placer. Al fin y al cabo, uno puede leer cosas densas y profundas y disfrutarlo. No puede ser que el acto de pensar o de educar, o de trabajar en pro de un impulso artístico sea casi una inmolación. Pero eso es algo que se aprende. Un camino que se recorre. Y que a veces sí, aunque nos duela, tiene como puerta de entrada el entretenimiento. El tema está en crear conciencia, y retar al individuo, enseñándolo a pensar. A pensar por sí mismo. Y entender que no es con dinero y con frivolidades que se llena la vida, por más trillada que suene esa idea.

Es allí donde entramos los promotores de cultura. Al final, es a través de la cultura que se promueven los valores. Y para llegar al entendimiento el camino es la lectura. No hay que caer en el pesimismo. Hay que ver esto como una lucha, tan importante como los soldados ven su lucha armada, sólo que nosotros lo hacemos como dice la canción, librito a librito, paciencia y amor.   

martes, 19 de junio de 2012

¿Qué vas a leer este verano?



Puede ser que uno se vaya de vacaciones o sea uno de los rezagados que se queda en la ciudad mientras los demás montan en Facebook sus fotos de playa. A lo mejor te tocó quedarte (ya me ha pasado dos veces) esperando la llegada de un nuevo bebé, o porque sencillamente el cochinito ya no daba para más entre el viaje que quiere hacer en diciembre, las cuotas del carro y el plan sorpresa que te salió en Semana Santa. 

Si decides irte o quedarte, o si no tienes más remedio que seguir la corriente, sea cómo sea, el verano siempre ha sido un buen momento de lectura. Entre otras cosas porque es cuando Hollywood decide sacar las películas más taquilleras y aunque a uno a veces le provoque ver una película de un robot que salva al mundo de los planes malignos salidos de los circuitos de otro robot que fue un niño no amado por sus padres, la verdad es que estos meses nos dejan con mucho tiempo entre manos. 

Así que en tu casa solitaria, en la sala de espera del doctor o del aeropuerto, no hay nada mejor que hacerse una buena lista de libros para el verano y regresar en septiembre con ganas de recomendar y seguir leyendo. 

Aquí hacemos una propuesta. Que además es útil para los adolescentes, quizás uno de los grupos más ociosos durante el verano. La lista es suficientemente corta como para no perderse, pero extensa como para que sea casi imposible leerlos todos. Pero las listas ayudan. 

ENSAYO

La civilización del Espectáculo de Mario Vargas Llosa 
¿Por qué leer a los clásicos? De Italo Calvino 
La Historia Comienza, de Amos Oz

CUENTO 

Casa Tomada y otros cuentos de Julio Cortázar (serie roja Alfaguara) 
El Elefante Desaparece de Haruki Murakami 
Relatos Escalofriantes de Roald Dahl 
Voces Griegas, Beatrice Macini

NOVELA

El Guardián Entre el Centeno de J.D Salinger 
El Diario de Anna Frank 
El Imperio eres Tú de Javier Moro
Farenheit 451, de Ray Bradbury 
Nueve Cuentos, de J.D. Salinger
Reckless, de Cornelia Funke 
El Hereje, de Miguel Delibes 
El Túnel, de Ernesto Sábato 
La Letra Escarlata, de Nathaniel Hawthorne 
La Granja Animal, de George Orwell 
La Novela del Ajedrez de Stephan Sweig


CRÓNICA 

Antología de crónica latinoamericana actual, Darío Jaramillo Agudelo, ed. 
El Mundo Según Cabrujas

domingo, 17 de junio de 2012

Reto Literario 2012


Lamentablemente suele suceder que libros que fueron escritos hace años se le presentan al lector de hoy en día como algo difícil de atacar. Casi da nervios y uno a veces se pregunta, ¿para qué leer a los clásicos cuando hay tantos libros buenos hoy en día? ¿Cómo poner a competir la trilogía Milenium con Don Quijote de la Mancha? O peor, ¿cómo poner a competir una novela colosal, de más de mil páginas con una serie de televisión en la que mujeres esculturales y hombres fornidos salen semidesnudos y nos hacen reír?

Una de las cosas que nos proponemos es romper el mito de que los clásicos de la literatura son aburridos. Uno se pone a ver, y un poema épico, cargado de batallas, de promesas de venganza, de dioses, semidioses, traiciones, celos, y sí, aunque usted no lo crea, sexo, puede ser muy profundo, y estar cargado de contenido filosófico, pero eso no quiere decir que sea aburrido. Todo lo contrario. Si algo tienen las experiencias culturales profundas es que son intensas, y más bien a veces nos dejan agotados, con ganas de pasear un rato por lo banal, pero lo bueno es que una vez que uno muerde la manzana de un clásico, se queda con ganas de más. Uno descubre otros horizontes. Empieza a pensar de forma distinta. En otras palabras, uno se educa. Uno evoluciona. 

Ese es el poder de un clásico. Por eso se llaman clásicos. No todos los libros pueden llevarnos hasta ese punto. Lo que no quiere decir que uno libro que no nos mueve las bases de la identidad y de nuestra filosofía de vida sea malo. En absoluto. En la vida de un lector, también hace falta el equilibrio. 

Después del Reto La Montaña Mágica si algo nos quedó claro es que los clásicos son una parte fundamental de la cultura. Sin ellos es imposible trascender, como lectores, pero sobre todo como personas. También nos quedó claro que mil páginas no son nada cuando la obra es buena, cuando el narrador es un maestro, cuando la historia nos envuelve. Del Reto La Montaña Mágica, pasamos al Maratón de Lectura de la Montaña Mágica, porque lo que sucede con la primera lectura es que uno siente que leerla una vez es casi como no haberla leído. 

Entonces, planificando nuestro año de lectura pensamos que para octubre, con el arranque del año escolar quisiéramos arranchar otro reto. Otro clásico. Vamos a hacer una lista de posibles lecturas, y escoger entre nuestros lectores la obra a leer. ¿Te animas a proponer algo? Aquí algunos nominados: 

-          Don Quijote de La Mancha, de Miguel de Cervantes
-          Los Hermanos Karamazov, de Fiodor Dostoyevski
-          La Odisea, de Omero
-          La Divina Comedia, de Dante
-          Robinson Crusoe, de Daniel Defoe
-          Los Viajes de Gulliver, de Johnattan Swift
-          La Vida es Sueño, Calderón de la Barca
-          Fausto, Johan Wolfgang Von Goethe
-          Frankentein, Mary Shelly
-          Huckleberryfin, de Mark Twain
-          El Libro del Desasosiego, Fernando Pessoa
-          El Retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde
-          Fortunata y Jacinta, de Benito Pérez Galdos
-          Rayuela, de Julio Cortázar

miércoles, 6 de junio de 2012

Casa Tomada. Autor: Julio Cortázar


Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.
Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las ultimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.
Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.
Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.
Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.
Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.
Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:
-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.
Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.
-¿Estás seguro?
Asentí.
-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.
Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.
Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.
-No está aquí.
Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.
Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.
Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:
-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?
Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.
(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.
Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)
Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.
No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.
-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.
-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.
-No, nada.
Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.
Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.

lunes, 4 de junio de 2012

Fin del Reto La Montaña Mágica


Hoy culminó el Reto La Montaña Mágica. Empezamos en noviembre y terminamos hoy. No fue fácil. Esperamos que muchos de ustedes hayan leído. Sin duda la novela es colisa, y asusta. 1048 páginas parece una eternidad. Uno ve el grosor del libro y piensa que es más bien objeto contundente. Y la verdad es por otro lado nunca hubo un mejor calificativo para ese objeto. La novela es contundente. 

Hans Castorp el personaje principal va por tres semanas a visitar a su primo Joachim Ziemssen a un sanatorio de tuberculosos. Ziemssen es un militar que está allí recluido porque está muy enfermo, y debe someterse a un tratamiento que bien exige esa palabra que califica a todo el que busca curarse de una enfermedad: paciente. De hecho, eso son y eso deben ser quienes están allí. A veces lo son demasiado cosa que desespera al lector. 

Si algo me golpeó de La Montaña Mágica fue precisamente ver cómo en el Sanatorio Internacional Bergohf se va reproduciendo el mundo. Con sus castas entre la gente, los distinguidos, los pobres, los ricos, los feos, los bellos, los marginados. Es allí donde uno se da cuenta que el hombre es hombre sin importar donde esté. Que somos lo mismo, los radicales y sobre todo los apáticos, el principal de ellos siendo Hans Castorp, a quien el autor busca "educar" como bien señaló el Dr. Mario Pesci-Feltri, en el Foro de La Montaña Mágica que tuvimos hoy en la Universidad Metropolitana. Mann busca la educación de Castorp, fogearlo, moverlo. Tal vez lo mueve. Su destino es inevitable. Eso lo dirá el lector. Porque al final la experiencia de Castorp es la experiencia del lector, cosa que es lo que resulta más angustiosa de esta novela. 

No pretendemos hacer aquí un análisis ni mucho menos. Lo que buscamos es celebrar el haber terminado la novela. El haber cumplido el reto y llevado a cabo el foro. El Foro fue en el CELAUP de la Universidad Metropolitana, moderado por Karl Krispin, el panel estaba compuesto por el Dr. Mario Pesci Feltri, Andrés Broenner y Clara Machado (media naranja de El Perro Naranja, lo que quiere decir que es la mitad del mismo y no su interés amoroso). Fue interesantísimo. Los ponentes explicaron su visión de la novela y qué la hace un clásico. ¿Por qué hay que leerla? Es tan importante contestarlo, y si hay una respuesta objetiva, también hay una realidad y es que a veces esas preguntas son difíciles de contestar. Lo cierto es que es una novela que capta la escénica de lo humano, de la vida, precisamente porque se fija en la muerte. Y creo que ya con eso no hay que decir mucho más. El resto lo tiene que ver cada lector. 

Lo que queremos es invitarlos a leer. Porque si algo tiene La Montaña Mágica, es que nos invita además a la relectura. Y por es lanzamos el Maratón de Lectura de La Montaña Mágica. Aún hay chance de unirse escribiendo a elperronaranja@gmail.com